Metro de Medellín abriendo puertas

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Un viaje con tapabocas

El frío de la madrugada aún me hacía pensar en mi cama. Eran las 4:00 de la mañana y me dirigía a la estación Niquía. Me estaba acercando y la estación se veía imponente, iluminada, viva. Por el puente peatonal que une la estación con el centro comercial Puerta del Norte, ya se veían unas cuantas personas cruzar. Algunos llevaban sombrilla, la lluvia empezaba a arreciar.

Subí las escaleras desde la rotonda donde estacionan los buses integrados que vienen de Girardota, Barbosa. A esa hora ya venían repletos. Me sentí un poco mal de tener aún tanto frío y sueño cuando empezar el día a esa hora es lo común para muchas personas.

Estación Niquia

Dentro de Niquía

Beatriz Ortiz una mujer de sonrisa amplia y amable es la operadora de la estación Niquía. Vive en el barrio Manchester en Bello y a las 3:00 de la mañana ya estaba lista para que la recogiera el transporte que la llevaría a su trabajo. A esa hora todos los servidores del Metro que inician turno deben estar listos esperando el transporte que los lleva a las estaciones. Beatriz trabaja hace 25 años en la empresa, el mismo tiempo que tiene la línea A. Con ella trabaja Silvia Anaya, auxiliar operadora de estación, una joven de no más de 30 años quien hace un año y cuatro meses está en el cargo. Desde el barrio La Ladera, también llega a alistar la estación y a disponerse para recibir a los usuarios. Antes fue guía educativa, un grupo de personas contratistas que apoya las estaciones más concurridas y orienta a los usuarios. Entre las dos se refleja una integración generacional en donde se mantienen valores como la actitud de servicio, la amabilidad y la puntualidad.

“Que le vaya bien”, me desearon antes de pasar por los torniquetes. Ambas llevaban tapabocas, al igual que yo. Había muchas personas. La mitad de la plataforma hacia el norte estaba cerrada por vallas, así que todos debíamos distribuirnos desde la mitad de la plataforma hacia el sur, ingresando solo a los primeros coches. A las 4:30 a.m. ingresé al tren.

Felipe Hincapié, un joven estudiante de Costos y Presupuestos del ITM fue quien condujo el tren. Era el cuarto que salía, pero el primer viaje de los seis que haría Felipe ese día. Él es conductor del Metro hace dos años y tiene el privilegio de ver cómo la ciudad pasa de la oscuridad al día desde una cabina de tren.

Interior del vagón metro de Medellín

Esa vocecita del Metro

La voz inconfundible del Metro nos dio la bienvenida rompiendo el silencio. Todos entramos bien abrigados, por el frío, algunas personas hasta tenían puesta la capucha de la chompa que, con tapabocas, generaban una imagen un poco de película de terror. Me reí de mis pensamientos.

Como la idea era hacer reportería de un viaje en el metro, en esta nueva normalidad, decidí sentarme y empezar a observar. Me moría de las ganas de conversar con quienes tenía al lado, bueno, al menos con la joven que tenía al lado izquierdo porque el joven del lado derecho durmió todo el camino, incluso acomodó de almohada una bufanda café que recostó en la ventana. Quería preguntarle, a quien llamaré Lina, dónde trabajaba, qué hacía, por qué madrugaba tanto, cómo veía el servicio del Metro por estos días, pero como no podía, agudicé mis otros sentidos. Escuché atentamente los anuncios de las estaciones, los mensajes constantes, uno en particular me quedó sonando: “sigue las señales….”, el cual se complementaba con “sigue la ruta del autocuidado, numeral nos mueva la confianza” pero me encantó esa repetición de “sigue las señales”, para mí fue enigmático y provocativo para la imaginación.

Lina me miraba de reojo, creo que quería ver lo que yo escribía en mi pequeña libreta. Yo también la observé de reojo, vi que tenía un uniforme azul oscuro, supuse que trabajaba en el área de la salud y esa suposición fue más fuerte cuando se bajó en la estación Hospital. “Chao Lina, que te vaya bien”, le desee mentalmente cuando dejó el puesto vacío. Al poco tiempo lo ocupó una señora que no se sentó derecha sino que me dio un poco la espalda. Era la primera silla junto a la puerta de salida, entonces no tenía otra persona a su lado izquierdo, creo que se quería proteger, es entendible, en estos tiempos de pandemia todos estamos un poco asustados. Finalmente, no le pude ver la cara.

La voz del Metro a veces nos recordaba: “guarda silencio y usa correctamente la mascarilla..”. Realmente se sentía el silencio, nadie hablaba por celular. De hecho, la mayoría dormía o viajaba escuchando música en sus auriculares con los ojos cerrados. El frío y saber que la ciudad aún dormía y seguía oscura, no daban para más.

Nombres inventados

En la estación Madera, ninguna silla quedó vacía. Seguía dedicada a observar. Al frente mío las seis sillas estaban ocupadas. La primera persona, que llamaré doña Luz tenía unos 50 años, llevaba buzo, converse amarillos y tapabocas azul oscuro. Seguía Sergio, un señor también de unos 50 años, iba dormido, llevaba un morral en el que se le veía en el bolsillo externo un tarrito con alcohol. Su tapabocas era negro. Luego estaba don Luis, un hombre de unos 60 años, de sudadera y camiseta azul, morral y tapabocas camuflado. La cuarta silla la ocupaba Silvia, una señora de unos 40 años con tapabocas negro de bolitas blancas. En la quinta silla iba Carlos, un joven de unos 25 años, llevaba morral y tapabocas quirúrgico. El sexto puesto lo ocupaba otro joven, parecía vigilante. Sufrí con él porque su sueño era profundo y su cabeza tambaleaba de un lado para otro. También llevaba morral y tapabocas negro. Lo llamé Edison.

botón alerta Metro de Medellín

Pensé, en esos morrales deben ir almuerzos recién preparados. Tajadas de maduro, carne, pollo, espaguetis con mucha salsa de tomate o hasta huevo duro. Intento respirar profundo para identificar algún olor a comida, pero la verdad no se siente nada, solo lo imagino.

En Prado el tren ya está lleno. Me sorprende que la mayoría de tapabocas sean negros, azules oscuros y grises. Si no vemos la sonrisa, al menos deberíamos llevar tapabocas con motivos que nos hicieran sonreír y justo cuando acababa de pensar en eso, se sube una señora que no encuentra puesto y viaja de pie, sujetada de las barras del centro. Lleva tapabocas blanco de ositos de colores. Me dio alegría ver color. Observé más hacia adelante y vi a una joven con un tapabocas fucsia con un hello kitie, creo que le sonreí. Más tarde, ingresó un joven con un tapabocas con una sonrisa de payaso, me encantó ver eso, pero al detallarlo bien supe que era el guasón de la película de Batman y ya no me gustó.

¿Recuerdan la señora que me dio la espalda en la silla de mi lado izquierdo? Finalmente se bajó en Parque Berrío y la remplazó a quien llamaré don Jesús, de unos 60 años o un poco más. Con él me hubiera encantado conversar. Era delgado, trigueño, llevaba un morral y tenía los dos dedos índices cubiertos de microporo. Las manos estaban muy resecas. Parecía un trabajador de la construcción. Dormía y a veces se despertaba, me miraba también de reojo. En el trayecto abrió el bolsillo externo de su morral y alcancé a observar un tarrito con alcohol y un rollo de microporo. Lo sacó y envolvió otro de sus dedos con la cinta. A que él sí llevaba almuerzo en su morral, seguro mucho arroz, papas y pollo.

Nos mueve la confianza

La voz del Metro dijo: “El transporte público no es foco de propagación del virus, numeral nos mueve la confianza”. El tren siguió llenándose. No alcancé a ver las personas que se subieron en Acevedo, proveniente del Metrocable Línea K. Como estrategia para distribuir mejor a los usuarios, en algunas estaciones cerraron la mitad de la plataforma, como en el caso de Niquía, para llenar los primeros coches e ir dejando vacíos los últimos y garantizar espacio para los usuarios que ingresan de estaciones concurridas como Acevedo.

Ahí íbamos todos, en este viaje de silencio, tapabocas y nuevas realidades. Los seis usuarios que viajaron conmigo en las sillas del frente desde Niquía seguían ahí. El primero se bajó en Industriales, era el quinto, al que llamé Carlos. Me despedí mentalmente de él. Su puesto lo ocupa ahora otro joven que lleva gorra, tenis rojos muy grandes y tapabocas quirúrgico. Su viaje fue muy corto, en Poblado se baja sin mirar a nadie, camina hacia la puerta mirando su celular y milagrosamente no se cae.

A esa hora no observo a nadie leyendo, la mayoría de personas van dormidas o supongo que escuchando música porque tienen puesto los audífonos.

Doña Luz, la de los converse amarillos se baja en Poblado y su puesto lo ocupa un personaje que parecía sacado de película. Tenía unos 60 años y llevaba puesta chompa con capucha y un enorme tapabocas del Independiente Medellín. Sus tenis también eran unos converse como los de doña Luz pero él los llevaba fuertemente apretados, color negro y muy gastados. Con sus dedos y su pie izquierdo parecía llevar el ritmo de una canción que tarareaba, se veía contento, pero su piel curtida y sus ojos reflejaban una vida de trabajos. A él sí que le dio curiosidad verme con mi libreta escribiendo porque no podía disimular y muchas veces nuestras miradas se encontraron. A él que no le puse nombre sino que lo llamé “el pequeño duendecillo”, después de un rato se paró y fue caminando hacia la puerta del conductor hasta que dejé de verlo. Supe que se bajó en Itagüí.

Antes de eso, el joven de mi lado derecho que durmió todo el viaje, abrió instantáneamente sus ojos cuando se anunció la llegada a la estación Envigado y rápidamente se puso de pie. Su almohada, perdón, su bufanda, se cayó en la silla, pero le dio tiempo de cogerla y salir con prisa antes de que las puertas del tren se cerraran.

Edison, el usuario de la sexta silla del frente venía con la boca abierta, muy dormido. Rogué para que no se pasara de estación. Se ve que ya tiene su mente entrenada. En Itagüí también se despertó un poco desconcertado, se puso de pie, se estiró y salió del tren con prisa.

Todos los que venían conmigo desde Niquía en las sillas del frente, ya no están.

Visión general tren

Un trayecto de 41 minutos

A la estación La Estrella, la última del recorrido, llegamos a las 5:11 a.m. 41 minutos exactos se demoró el trayecto entre Niquía y La Estrella luego de pasar por 21 estaciones. Las últimas personas que quedaban se bajaron. Solo quedé yo. Me devolví, quería volver a bajarme en Niquía para hacer el carrusel completo.

A las 5:14 a.m. se sube el primer usuario en el coche donde yo estoy, que ahora es el último. Se llama Fernando, eso pienso yo. Se sienta en la primera silla del frente mío y se va todo el viaje observando su celular. La ciudad sigue oscura. En este trayecto empiezo a notar una diferencia. Los usuarios que ingresan ya no llevan en su mayoría morrales, sino bolsos más pequeños y veo el primero con morral ejecutivo. Lo lleva a quien llamaré Sergio.  A las 5:21 se sentó en la tercera silla del frente antes de llegar a Ayurá. Lleva camisa manga larga azul, pantalón caqui y zapatos cafés. Constantemente se acomoda el cuello. Me detengo en sus medias, son azules oscuro repletas de bolitas de azul cielo. Pienso: este señor seguro tiene buen humor. Vuelvo y lo escaneo sin que se dé cuenta y observo que le falta su oreja izquierda, es decir, tiene pero no está completamente formada, por fortuna, puede ponerse tapabocas y cuidarse. Pienso que me cae bien. En Parque Berrío se baja, acomodándose nuevamente el cuello de su camisa.

Percibo que tanto en el primer trayecto sentido norte – sur como viceversa, se ven más hombres que mujeres. Todavía nadie lee. Pienso que debería ser un hábito, aprenderíamos cosas nuevas, empezaríamos el día con historias, con cosas diferentes para conversar y así distraernos del tema común: el coronavirus, la pandemia, la situación económica.

La ciudad sigue oscura, hace mucho frío. Al llegar a la estación Hospital, las montañas del Oriente empiezan a tener un color diferente, como un morado oscuro. Son las 5:38 de la mañana

Amanece

Botón llegada próxima estación

Empieza a aclarar el día. Las miles de lucecitas de las laderas van desapareciendo.  En Universidad el cielo gris despunta. Quería ver un amanecer inolvidable, no me esperaba uno tan gris, pero pienso que así también está bien, los días no siempre son soleados y cada día tiene sus ventajas. Por ejemplo, en los días calurosos, es probable que miremos más hacia afuera, mientras que en días grises como los de este viaje en el Metro, las miradas son más hacia adentro, hacia uno mismo y a quienes están más cerca. En este viaje, por ejemplo, me sentí cerca de todos. Fue un viaje silencioso, diferente, un viaje único en la historia del Metro, de la ciudad, incluso, de la humanidad. Viajamos de tapabocas escondiendo la mitad de nuestro rostro, cuidándonos, distanciados unos de otros, en silencio, pero esta sin duda será la mejor historia para contarles a las generaciones futuras. Un viaje de resiliencia, de paciencia, de confianza, de reflexión, de humildad. Un viaje por el Metro y por la vida, en el cual comprendimos que cualquier cosa puede pasar y que al final lo que importa no es que el día esté soleado o gris, sino que estamos vivos.

Llego a Niquía. Son las 5:53 de la mañana. El tren vuelve a quedar vacío. Me paro, me estiro y observo el paisaje, ¡qué maravilla estar vivos, qué maravilla que este viaje continúe! A las 6:00 a. m suena el himno de Antioquia, lo tarareo. Salgo. Me siento contenta. Me llevo muchas historias.